Copa de la duda

El comunicado que informó que la Policía de San Juan no prestará servicio en los encuentros de futsal encendió todas las alarmas. No solo por tratarse de un torneo corto y emblemático, sino porque pone en jaque toda la actividad anual. “La seguridad privada es un complemento, pero para la actividad local es un inconveniente grande y grave”, remarcó Farías.

Desde la Federación explican que la Policía argumentó falta de personal, debido a la cantidad de eventos deportivos que se desarrollan en la provincia. Sin embargo, la respuesta no alcanza para disipar la preocupación. “Hoy, sin la Policía, no podés tener un evento deportivo”, insistió el dirigente.

El problema no es solo organizativo: es económico y social. Los costos de arbitrajes y adicionales por partido son grandes, gastos imposibles de cubrir sin público. En ese sentido, Farías resaltó que un aforo que había sido autorizado por Secretaría de Seguridad para la Copa de Campeones de fútbol 11 fue retirado a la semana siguiente, generando un fuerte malestar en la dirigencia.

“Eso cayó muy mal. No entendemos por qué en algunos lugares hay público visitante y en otros no. Uno se siente discriminado”, señaló Farías, quien además cuestionó la falta de convocatoria a las ligas del interior en los proyectos de seguridad anunciados por el Gobierno.

La situación se agrava con el escenario de violencia latente. “Los árbitros son los primeros en ser atacados. La seguridad privada no tiene herramientas para intervenir. La presencia policial es fundamental”, subrayó, recordando episodios recientes que se viralizaron en redes sociales.

Pese al contexto adverso, la intención es seguir adelante. “Vamos a llegar hasta donde podamos. Cuando no se pueda más, habrá que parar”, advirtió Farías, reflejando el cansancio de dirigentes que, muchas veces, sostienen la actividad poniendo dinero y tiempo propio.

La Copa de Campeones de futsal hoy no solo define un torneo. Define, también, qué lugar ocupa el deporte del interior en San Juan. Y mientras no haya respuestas, la pelota sigue esperando que alguien garantice lo más básico: jugar en paz.

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